domingo, 20 de mayo de 2007

Mudanza de vida

Escribí un cuentito sobre el concepto y la función del Eraser,
tal como yo lo concibo.
Para mi es toda una filosofía de vida, que procuro llevar a la práctica siempre que puedo.
Sobre el texto he basado la pieza que presentaré en la próxima reunión.
Espero vuestros comentarios y apreciaré cualquier sugerencia.

Germán.




Mudanza de vida


Corrí entre las callejas del barrio viejo de Barcelona (o debería decir el la vieja Barcelona), montado en la oxidada bicicleta Torrot que me habían prestado.

Comenzaba a atardecer. El mes de Agosto llegaba a su fin, mientras yo me alejaba pedaleando de aquella cafetería.
Sobre la mesa de la terraza quedaban dos tazas que habían contenido café, unas monedas y un montón de colillas ensuciando el cenicero. Quizá también quedaba Lucía sentada, apurando un último cigarro. Salí tan rápido que no me percaté si ella también recogía sus cosas para irse.
Deseaba no volver a coincidir en un tiempo, limpiar mi mente.
Pero fue al llegar a casa donde la volví a encontrar.
Las huellas de su presencia eran, por todas partes, muy intensas. Descubría su olor en los libros, en las paredes de la habitación sus manos habían quedado marcadas sobre la cama, sus fotos evitaban mi mirada desde las estanterías, su ropa todavía dormitaba en mi armario.

Aquellas cosas que antes me acompañaban, ahora me recordaban que esta soledad se iba a quedar por un tiempo indefinido.
Cada mañana al vestirme, encontraba su camisón cuidadosamente doblado, desayunaba dejando su taza vacía en el estante. A cada paso del día intentaba olvidar lo que ya había perdido, para regresar en la noche junto a todo aquel residuo de lo que fue, que me llevaba por un agujero de gusano a su lado, pero sin ella.

Pensé deshacerme de todo aquello arrojándolo a la basura sin más. El carácter se me había agriado, mis compañeros de trabajo ya me miraban raro a la hora del café, dejé de salir al cine, incluso de leer, mi mente se había quedado bloqueada y sus huellas por todo el piso no ayudaban a mejorar esa situación.
Por otro lado no me parecía bien desprenderme airadamente de sus pertenencias y sus recuerdos que un día me habían impreso el ánimo.

Para ayudarme a decidir que hacer con todo aquello lo reuní todo en una sola habitación.
Distribuí sus fotografías impresas por el suelo, a un lado la ropa que había dejado olvidada. Vacié del disco duro del ordenador todo el contenido que estaba ligado a su recuerdo y lo guardé en un dvd, con su nombre en tinta roja, escrito en la superficie.
A otro lado se amontonaban cartas, postales, una servilleta escrita, flores secas, entradas de cine y un par de cintas vhs.

Me pasé todo el tiempo del mundo mirando todo aquello. Deteniéndome en cada objeto, notando su textura al contacto de mis dedos, percibiendo su aroma añejo, intentando absorber lo que quedaba de ella, buscando su esencia primordial.
Cuando sentí absorbida su impronta en ellos, los besé uno a uno, como despedida y procedí a guardarlos en una caja de cartón rugoso.
Junto a sus cosas añadí una carta en la que explicaba brevemente el motivo de aquel regalo. De esa forma le hacía saber que no le devolvía sus cosas por despecho. Se las regalaba por que en ese momento me hacían daño, bloqueaban mi salida. Pero no dejaban de ser la memoria de un puñado de momentos felices y no quería desprenderme de ellos ni abandonarlos en un cajón.
Unté con miel los pétalos de un clavel rojo, lo coloqué junto a la carta y cerré el paquete.
Podía sentir la pulsión de inmaterial de aquella masa. Esperé a que su presencia dejase de monopolizar mi atención, para enviarlo.
La misma mañana en la que desapareció esa pulsión envié el paquete por correo certificado.
El ticket que me dieron por el importe y el resguardo que certificaba el envío, también certificaba el momento en el que me había desprendido de toda huella material que ella había dejado.

Cinco días más tarde supe que el paquete había llegado a su destino.

Había pedido unos días de fiesta para pintar el piso, y en eso estaba cuando sonó el timbre de la puerta.
Estaba más delgada y faltada de brillo en los ojos y en sus labios.
Si estaba nerviosa o emocionada no lo dejó entrever. Yo, por mi parte, hice lo propio.
En verdad guardo muy pocos recuerdos de aquel momento: el calor de su pecho contra mi cuerpo, la cálida humedad de su boca y la profunda sensación de vacío cuando todo terminó.
Al mirarla, vi que sus ojos habían perdido todo el brillo que guardaban. Ya no quedaba nada para mi.

También ella había vaciado aquello que guardaba.

Esa noche tuve un sueño.

Vivía en una enorme mansión al pie de un acantilado.
El jardín contenía una maleza tan espesa que apenas dejaba ver el mar.
Entre el acantilado y el mar, cruzan las vías del tren.

Desde el porche de la casa se puede ver la cabeza de una escultura colosal, de piedra negra, representa a un joven montando un toro con las patas delanteras levantadas. Tanto hombre como bestia parecen desafiar al horizonte.
En el lugar donde me encuentro, sólo puedo ver un fragmento de espaldas, pero reconozco la forma gracias a otro sueño en el que paseaba en barca frente a ella.

El jardín está en obras.
Un grupo de operarios, con máquinas escavadoras, están limpiando el terreno. La actividad es frenética, pero los obreros trabajan de una forma ordenada, casi grácil, que atrapa la atención.

Entro al lugar a pie, acompañando mi vieja bicicleta. Me siento un intruso entre la danza acompasada de los trabajadores, tengo la sensación de romper el ritmo visual de conjunto.
Me cuesta esfuerzo llegar a la entrada, esquivando a todo aquel que se cruza, máquinas incluidas.
Al alcanzar la entrada, me siento en las escaleras para charlar con un joven marroquí (que también recordaba de otro sueño, aunque en aquel entonces no era operario).
Pasamos un buen rato hablando del trabajo que están haciendo, del mar y de la estatua frente a él.
Cuando quedamos en silencio, vuelvo la vista hacia el jardín, pero ya ha desaparecido y no solo han desaparecido árboles y plantas, también el suelo donde estaban arraigados. Ahora el precipicio se extiende a un paso por delante nuestro.
Me invade el vértigo, estoy atrapado por la amplitud del paisaje y por momentos, me siento caer.
El chico marroquí sigue allí sentado, completamente tranquilo. Se que si continuo en pie, acabaré por caer en el acantilado.
Entonces el jefe de obra (al que no puedo ver la cara) me ofrece su mano, para alcanzar el portal. Antes de aceptar su ayuda le paso la bicicleta y me despido de mi compañero.

La mañana siguiente al sueño despierto con una calma que me era extraña desde hacía tiempo.(…)

(…)

Mientras desayuno junto a la ventana, frente a la computadora “cuelgo” anuncios de venta en varios portales de la red.
Un televisor, la motocicleta, el equipo de música, la colección de películas, la enciclopedia ilustrada… lo único que se salva de la venta son los libros, que quedarán a buen recaudo en casa de una amiga del alma y mi bicicleta que dejo sin atar a la entrada del edificio.
También pongo un anuncio alquilando el apartamento.

En pocas semanas estoy viviendo en una casa vacía, me sorprende lo sencillo que resulta desprenderse de todo aquello que ha costado tantos años acumular.
Con el dinero de las ventas, compro una computadora portátil y una cámara de fotos digital.
El apartamento lo dejo arrendado a una pareja recién estrenada.
Con el dinero de la compro un boleto de avión hacia Copenhague. Quizá porque allí también hay una estatua que mira al mar.

El mismo día en que les entrego las llaves, cargo con una maleta de ropa, una mochila con el portátil y la bolsa con la cámara.
Saliendo por la puerta, me sorprende encontrarme con la bicicleta intacta, apoyada en el árbol. Lleva dos semanas allí como esperándome para siempre.


Durante el trayecto en tren hasta el aeropuerto puedo ver el mar desde la ventanilla, hace un día hermoso para darse un baño.
Voy quedándome dormido por el traqueteo del vagón, al final no era a ella a quién estaba borrando.

2 comentarios:

theeraserproject dijo...

Hola, German:
Creo que tú mismo, al final del cuento, lo dejas bien claro, o al menos lo insinúas: "al final no era a ella a quién estaba borrando". Estás intentando borrarte a ti, en una operación que me es muy familiar: hace nueve años, harto de un entorno que me signaba, me largué para poder reinventarme a gusto: incluso me compré lentillas de colores...
En el texto que escribí hay una frase de García Sevilla y un comentario sobre ésta que tal vez te interesen. En mi opinión, este ejercicio obedece a una atadura excesiva al pasado: "aquellos que no viajan nunca no dejan nunca de querer viajar". Es evidente que te pesa, que no lo ves como una relación armoniosa. Mi pregunta es: ¿piensas que se trata tan solo de algo temporal?. Cuando te encuentres en el otro extremo de la línea y te sientas completamente desligado a todo, vendrán de repente deseos de afianzarte a algo y recuperarás la necesidad por el ayer. Otra cosa son los objetos y su materialidad: ¿nos sirve de algo agarrarnos a un objeto? Esta cosa acumulativa, el afán de coleccionismo... ¿no responde en su lógica extrema a un pavor atávico? I don't know.

Irene dijo...

Me ha gustado mucho.
Me ha recordado a situaciones que he vivido de dejar atrás tantas cosas y sobretodo personas...

Viviendo en una sociedad capitalista donde lo principal es el consumo siempre será dificil desprendernos de los objetos, porque a ellos siempre asociamos un valor, al igual que la relación que establecemos con las personas.
Cada uno tiene su forma de intentar desprenderse, alejarse, olvidar algo o alguien...

Yo creo que lo importante se nos queda dentro y eso no desaparece mas que con nuestra propia desaparición.
Lo difícil es controlar y elegir lo que se queda en nuestro recuerdo o no, o mas bien, que eso no nos domine a nosotros.

Irene